“Mamá, papá, me voy de casa”. Esa es la frase con la que algunos jóvenes marcan el fin de la dependencia económica y vuelan del nido familiar. Un cambio de aires con sus pros y sus contras en el que no sólo la juventud está directamente implicada, con el problema de la vivienda como telón de fondo, sino otros colectivos que, de uno u otro modo, buscan el mejor destino para sus vidas. Nuevos comienzos con un denominador común, la búsqueda de un hogar presente y futuro, tarea nada fácil a tenor de los disparatados precios en las grandes ciudades y emplazamientos turísticos, y de los incrementos constantes en el resto de lugares menos tensionados.
La globalización, o ya no tanto; el progreso económico, y/o las oportunidades educativas y formativas más accesibles dibujan un atlas social en constante movimiento en el que muchos de los individuos que lo conforman hacen frente a un cambio de aires en algún momento de su vida. El o la joven que encuentra un puesto de trabajo; el emprendedor que fracasa pero que finalmente encuentra la llave del buen negocio y de su futuro, esté donde esté; el que emigra para alejarse de la miseria o el conflicto político-social de su país de origen; la persona que decide dejarlo todo por el cuidado de sus familiares ya ancianos; una mejor oferta de trabajo que te lleva a otra ciudad, a otros amigos y a otras vivencias; la joven familia que acepta llevar la cafetería del pueblo a cambio de ganar calidad de vida y tranquilidad; o la pareja de jubilados que, harta del bullicio de la metrópoli, no duda en residir en pequeñas y cómodas ciudades con todos los servicios, recursos y prestaciones sanitarias y sociales.
Todos estos y muchos más son los perfiles de ciudadanos que se echan a la espalda la carga, en el sentido más positivo de la palabra, de un nuevo comienzo, de un cambio de vida por pura ambición o por imperiosa necesidad laboral, profesional o personal con el único objetivo de progresar y salir adelante. Una mochila que llevan con dignidad y orgullo. Uno de los colectivos, por numerosos, es el de los jóvenes que se emancipan y todo lo que ello supone, de positivo y de negativo. Según las últimas estadísticas del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de 2024, la tasa de emancipación de jóvenes de entre 16 y 34 años roza el 15 por ciento. La edad media de abandono del hogar familiar se sitúa en torno a los 30 años, muy por encima de la media europea en torno a los 26 años. En cifras absolutas, supone 1.064.000 jóvenes emancipados de una población joven estimada de siete millones.
Veamos pormenorizadamente algunos de estos casos. María sale de casa cada mañana temprano a su trabajo en una empresa de una gran ciudad. Atrás ha dejado su hogar familiar, en otro emplazamiento de España, una pequeña ciudad; además de su vida de estudiante y la dependencia económica de sus padres. Gráficamente, ha volado del nido. Un cambio de vida para el que nadie está preparado del todo, pero en el que todo el mundo pasa por ello antes o después. En ese cambio de aires, María es de las optimistas, “es un proceso necesario, acarrea un enriquecimiento personal increíble que de otro modo no se tendría, se pasa de niño a adulto de un día para otro; pero la experiencia, diría la experiencia vital en mayúsculas, te hace crecer muchísimo”.
Esta treintañera concluyó sus estudios universitarios fuera de casa, con varias estancias cortas en el extranjero y, desde hace unos pocos años, empleo estable. Perfil que se puede repetir en muchos de nuestros jóvenes de hoy en día, por aquello de que esta generación es de las mejor preparadas de nuestro país.
Como joven emancipada, María valora la independencia, la autonomía y, fundamentalmente, la capacidad de decisión sobre su propia vida, “al principio da vértigo hacer frente en soledad a cuestiones que yo denomino de adultos, porque antes todo lo hacía papá y mamá; aunque con el paso de los días te vas acostumbrando”. En concreto, lo más farragoso a su juicio es el papeleo que conlleva una mudanza, la domiciliación de recibos, de la nómina, del alquiler… todo lo ha resuelto ella, sin ayuda.

María: “La difícil situación de los jóvenes es generalizada”.- Parafraseando al poeta Antonio Machado, “se hace camino al andar”, con etapas en el trayecto en las que sortear dificultades “lo que te aporta una capacidad de reacción mucho mayor ante los problemas”, reconoce María. No obstante, en ese trayecto hacia la emancipación, no sólo hay trabas, también muchas injusticias, sobre todo en lo referente a lo laboral, “ya nos cuesta que nos paguen un sueldo digno, sin tener oportunidades laborales en condiciones y, encima, no podemos pagar una casa por los precios disparados”. Y lo peor, añade, es que la difícil situación económica y social de los jóvenes españoles no es algo aislado, sino que está generalizado, “algunos amigos míos tienen el privilegio de tener casa propia gracias a una herencia o por ayuda de sus padres, pero otros continúan en el hogar familiar porque no podían costearse un alquiler”. La posibilidad de irse al extranjero, como han decidido otros jóvenes, no se la plantea, “he vivido y trabajado fuera en el extranjero, los sueldos están muy bien, pero la calidad de vida no me renta, me gusta más la de España, yo me quedo aquí”, sentencia María.
En su caso, encontrar una vivienda no ha sido a priori un problema. El alquiler de un piso compartido, como es el caso de muchísimos otros jóvenes que se independizan, es la solución para disponer de un hogar en el presente y futuro inmediato. A la hora de encontrar la residencia perfecta, ha priorizado la cercanía a recursos para aprovechar y disfrutar de su tiempo de ocio y poder socializar, también la seguridad ciudadana, frente al domicilio del trabajo, algo más retirado. De hecho, primero vino la vivienda y después encontró el trabajo, “no me planteé volver a mi casa familiar, las oportunidades laborales son mayores aquí”, confiesa.
“No estoy dispuesta a no vivir por pagar un alquiler yo sola”.- María no tuvo dificultades, decíamos, para encontrar vivienda. Aunque, si se araña un poco más en los detalles, comprobamos que las complicaciones van aflorando. En primer lugar, no se plantea ni por asomo la compraventa de una casa, inalcanzable para ella actualmente, no ya por pagar una hipoteca sino por la imposibilidad de hacer frente a una entrada, “se me va de las manos”, apunta gráficamente; en segundo lugar, el piso que hoy comparte con otras chicas no es el primero, se mudó a otro por el precio y las condiciones, “está más o menos bien, es antiguo, aunque es muy amplio y con terraza”, con una diferencia de casi 200 euros menos en la habitación que ha alquilado, teniendo en cuenta que de un año para otro, el propietario les ha subido un 20 por ciento el alquiler de cada habitación.
Preguntada por la posibilidad de alquilar ella sola un piso, María es realista y tajante a la vez: “hoy por hoy no estoy dispuesta a no vivir por pagar un alquiler, tendría que renunciar a muchísimas cosas como viajar, salir con los amigos, y no me apetece; el piso compartido me permite ahorrar para comprarme una vivienda en el futuro”. Una opción, la de compra, que ha tanteado, si bien está muy lejos de conseguirlo sin ayuda familiar, “no me gustaría tener que pedir ayuda a mis padres, quiero alargar la idea de comprarme una casa propia todo lo que pueda, porque el hecho de que la vida esté como está, con los precios inmobiliarios por las nubes, no es culpa de mis padres y no quiero que tengan que hacerse cargo de nada”, explica con toda la lógica del mundo.

Germán: “Me vengo a Ciudad Real por la salud del bolsillo y la mía física”.- Desde hace dos semanas, Germán García Díaz ha cambiado de ciudad y, en parte de vida, aunque no de trabajo. Este joven madrileño de 36 años, dedicado al mundo financiero, aunque músico de vocación, ha decidido vivir en Ciudad Real. Ha sido una decisión meditada, pero la recomienda a amigos y conocidos. Le ha costado dos años, tras comparar ciudades cercanas a Madrid, analizar precios de vivienda, transporte, servicios… y se ha quedado con la capital manchega. “El motivo principal ha sido el coste de la vivienda, el mejor comparado con otras zonas próximas a la gran ciudad; pero también lo he decidido por salud personal y por poder disfrutar de un entorno más saludable”. Añade un cuarto: el trato, “me encanta la gente de aquí, te acogen como uno más, se preocupan por ti, se vuelcan contigo en aquello que necesites”.
En la práctica, Germán vive solo en un apartamento de 40 metros cuadrados, muy iluminado, con dos terrazas, cocina, salón y una habitación. Acude al polideportivo a natación, juega al pádel, pasea por la ciudad descubriendo rincones con encanto que le han sorprendido gratamente como la catedral o San Pedro y queda con gente que ya conocía y residía en Ciudad Real mientras va haciendo nuevos amigos. Ya en 2024 reservó un piso en Ciudad Real y no acabó de mudarse; ahora, la vivienda que ha alquilado le supone 150 euros más respecto a hace dos años aunque indica que, aun así, sigue siendo más barata que el piso “bastante humilde” en el que ha residido los últimos 9 años en Madrid Centro “del que quería salir, por ritmo de vida y por estrés”. “La vida en Ciudad Real, sin embargo, se desarrolla en un entorno estupendo, me permite componer en casa mientras me voy adaptando al ritmo de la ciudad, no tan rápido como en Madrid, y eso me gusta”, confiesa.
En la entrevista con Ayer&hoy, reconoce que Ciudad Real, para él, es la ciudad de referencia del país en materia inmobiliaria por conexiones de transporte con la capital de España, “independientemente de los retrasos, posee una mejor conexión que Ávila o Valladolid, en algo más de 50 minutos estás en Madrid”, arguye. Su trabajo (tiene un contrato virtual) le permite poder desplazarse a su ciudad de origen cuando es necesario e ir a visitar a su familia, “el bono Pase Vía del servicio Avant de Renfe, de 20 viajes en tres meses, encaja a la perfección con mis necesidades”.
Cuando no trabaja, se dedica de lleno a componer música, música clásica contemporánea relajante, estilo banda sonora de Amelie, “en el apartamento dispongo de un teclado de pie con teclas contrapesadas para conectarlo a un ordenador y tengo varias composiciones subidas en internet”.
No todo va a ser bueno en su nuevo lugar de residencia. Germán echa en falta más inversión en transporte y sostenibilidad, así como en salud e inclusión en Ciudad Real. “Hay cartelería que invita a no usar tanto el coche, pero creo que se debería destinar más dinero a mejorar los autobuses; así como invertir más en salud y en favorecer la vida de las personas con discapacidad”.
El coste del alquiler.- La realidad ‘habitacional’ presente, como tanto gusta decir a nuestros políticos, o el poder residir en una vivienda digna, no es nada fácil, más complicado que la generación boomer.

En cualquier portal inmobiliario, los alquileres más asequibles de las grandes ciudades de España se disparan a los 600 euros para ¿viviendas? de 20-25 metros cuadrados e incluso menos, en los que debes de tener cuidado al salir de la cama para no tropezar con la lavadora o la silla del ¿comedor? No, no hay estancias definidas, son estudios donde se distribuye lo necesario y fundamental en un totum revolutum en el que está todo integrado en un espacio que se supondría para una sola habitación de la vivienda. El mercado de la oferta y la demanda, mucho mayor la primera que la segunda, deriva en la actualidad a un boom inmobiliario como el registrado hace unas décadas.
La comparativa de la actualidad a hace ahora tan sólo 25 años, refleja un poco el difícil panorama social para los jóvenes. En el año 2000, una pareja con 29-30 años podía comprarse su primer piso en una ciudad media, no sin esfuerzo, pero con la posibilidad de dar una entrada y conseguir una hipoteca si disponía o disponían de unos trabajos con una remuneración media. Hoy en día, jóvenes consultados como María, de similar edad y con responsabilidades profesionales diversas, ven improbable a corto plazo la adquisición de una casa, no ya por la hipoteca, que también puede ser el motivo en algunos casos, sino por el elevadísimo coste de un inmueble, teniendo que hacer frente sobre todo a una elevada entrada. Tampoco se plantean poder pagar un alquiler una persona sola por el exageradísimo precio que están alcanzando algunos pisos que, en algunos casos, ni siquiera puede llamárseles como tal. Mientras, los contratos o las nóminas no reflejan esa subida que experimenta la vivienda, es decir, existe un desfase o un desequilibrio que, a la larga, perjudica al interesado.
Según algunas estadísticas, el precio medio del alquiler ha subido de forma muy significativa en España en los últimos cinco años, con un incremento acumulado de alrededor del 46 % entre 2021 y 2026, pasando de unos 884 euros al mes a aproximadamente 1.291 euros al mes para una vivienda tipo (≈ 90 m²).

Las grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Baleares o Valencia han tenido subidas más intensas, con incrementos acumulados del 60 % o más en algunos casos en cinco años. Regiones con menor presión turística o menor demanda urbana han tenido subidas algo más suaves, pero de todos modos positivas en general.
Más medidas de apoyo.- Como María, decenas de miles de jóvenes sufren en sus carnes el problema de la vivienda. No saben la solución concreta, no son políticos, son ingenieros, informáticos, especialistas en Marketing, profesores, enfermeros, médicos, oficinistas, administrativos, electricistas, mecánicos… que quieren vivir en España, tener una vida digna a ser posible, mejor que generaciones anteriores a la suya, y progresar personal y profesionalmente. En el círculo de María, por suerte, el problema no es tanto pagar una hipoteca como poder pagar la entrada de su hogar, reitera, aunque considera que la mayoría de la juventud no puede plantearse una hipoteca con la nómina que posee.

Además, el día a día tampoco es mejor, con un incremento último del 20 por ciento del alquiler de un año para otro en su caso particular, “no me dio otra opción el propietario, o lo aceptaba o te iba y me buscaba la vida”, recuerda María. Para más inri, las posibles reparaciones o arreglos en el piso son atendidas en parte, “si son problemas que afectan a la propia vivienda, el casero las ejecuta más o menos de inmediato, pero si son cuestiones pequeñas de confortabilidad, de arreglo o sustitución del mobiliario, un sofá o una silla, no se ocupa de nada, nos dice que nos las apañemos nosotras, algo normal ya que he vivido en otros pisos de alquiler y las respuestas son similares; lo triste es que te acostumbras a que no te hagan caso en estas peticiones cuando está estipulado por contrato”, lamenta María.
De ahí que el establecimiento de algunas ayudas para la compra o una mayor regulación del alquiler, con precios tope, serían para María algunas soluciones que mitigaran el esfuerzo ímprobo que jóvenes como ella deben realizar cada mes en el pago de la vivienda, su primera vivienda.

Texto: Oliva Carretero Ruiz.
Fotos: Ayer&hoy, Pixabay.

