Cristina García Rodero (Puertollano, 1949), es un referente de la fotografía en España y el mundo. La primera mujer en ingresar en la prestigiosa agencia Magnum, la única fotógrafa que cuenta con un museo en su ciudad, Premio Nacional de Fotografía y distinguida en 2025 con el título vitalicio de marquesa del Valle de Alcudia, son algunos de sus muchos méritos y reconocimientos. Para esta artista tan vitalista, fotografiar es la manera más hermosa de desafiar al tiempo y vencerlo. El 5 de febrero, la Revista Ayer&hoy le otorgó uno de los I Premios Constancia: «Gracias a Ayer &hoy por su generosidad y a sus profesionales que valoran la cultura y nos dan voz», indicó. Momentos antes, pudimos charlar un rato con ella.

«Hay mucha libertad en mis 53 años de carrera, no he tenido que quedar bien delante de nadie»

Pregunta.- El 25 de junio de 2025, el Rey le otorgó el título de marquesa del Valle de Alcudia, ¿cómo se tomó tal distinción con tratamiento de ilustrísima?
R.-
Al principio pensé que se trataba de una broma, que alguien vendría con un ramo de flores por el pasillo clamando: «¡Inocente, inocente!», pero el portavoz de la Casa Real era un hombre tan serio que lo deseché de inmediato. Me informó de que podía poner al marquesado, de carácter vitalicio, el nombre que me gustara. Y elegí el Valle de Alcudia, un lugar muy importante para nuestra tierra. Me siento orgullosa por tal título y los compañeros de viaje, como fueron, entre otros, el gran deportista Rafael Nadal; la rockera Luz Casal, valiosa, sincera, una mujer de verdad que ha dado un ejemplo de valentía y entereza.


P.- La afición por la fotografía, ¿te viene de familia?
R.-
No, nadie de mi familia se ha dedicado a la fotografía, pero mis padres han tenido una gran sensibilidad y dieron libertad a sus hijos. Mi padre poseía una cámara con la que hacía fotos familiares de vacaciones en Málaga. Era una camarita muy mala, pero a mí me asombraba por la asociación de esos instantes con momentos de felicidad. Por eso, a los 11 años comencé a capturar momentos felices. Mis primeras fotos fueron a mis hermanos vestidos de indios comanches, como las películas de los programas dobles del Cine Córdoba de Puertollano.


P.- ¿Hacia dónde encaminaste tu formación?
R.-
Me licencié en Pintura en la Universidad Complutense de Madrid. Quise aprender fotografía, al igual que se aprende el grabado o la acuarela, una técnica más que me ayudara a materializar mi creatividad. Aunque en mi época no existía oferta académica ni escuelas específicas de Fotografía, si acaso algún curso por correspondencia.


P.- ¿Cuál fue entonces el detonante para inclinarte por la Fotografía?
R.-
Una beca de la Fundación Juan March cambió el curso de mi vida a los 23 años. Yo había solicitado esta ayuda para poder recorrer España y capturar en imágenes sus ritos, tradiciones y fiestas. Tanto me gustó la experiencia, vi tanta riqueza aún por descubrir que lo que en un principio pensé que abordaría en un lustro, por la coincidencia de algunas festividades como el Corpus Christi, Semana Santa, romerías de mayo o carnavales, se prolongó 15 años. Esta obra, englobada bajo el nombre de ‘España Oculta’, se publicó en 1989, salieron 13 ediciones y, hoy en día, está agotada.


Este proyecto es con el que más me asocia la gente, y el de mayor éxito, pero creo que los posteriores han sido mejores. No obstante, la libertad que tuve en ‘España Oculta’ fue fundamental para definir un estilo propio, tan determinante en la fotografía, caracterizado por la proximidad y empatía hacia las personas, cuando estos temas festivos se ejecutaban de forma turística y grandilocuente.


P.- Tu forma de mirar también es original, diferente a la de un fotoperiodista, ¿no?
R.-
No soy fotoperiodista ni me he preparado para ello. Mi trabajo no está en función de la noticia ni de los acontecimientos, sino de la vida cotidiana o de esos hechos extraordinarios para la gente normal de un pueblo, de una ciudad o de un país.


Aprendí Fotografía gracias a la generosidad de otros compañeros y al empeño personal. He visitado muchos museos y he leído bastantes libros de historia del arte, lo que ha despertado en mí una sensibilidad y un gusto que se expresan en vivo con la persona que tengo delante del objetivo o con lo que está sucediendo. A veces es algo muy íntimo: cómo acaricia una madre a su hijo, cómo se besa una pareja o una situación inimaginable. Quizá, lo difícil ha sido aguantar 53 años en una profesión tan dura, pagándomelo casi todo yo. Por eso hay mucha libertad en mi carrera. No he tenido que quedar bien delante de nadie, no tenía que ir en portada alguna, he hecho lo que he querido.


P.- 53 años de profesión, con continuidad claro…
R.-
Ahora tengo 76, sé que me queda muy poco y estoy aprovechando cada minuto. Acabo de venir de Etiopía (la entrevista se realizó el 5 de febrero), anteriormente estuve en la República del Chad, y antes de eso, en Papúa Nueva Guinea, donde hice un proyecto sobre el pueblo de los hombres de barro. Son sueños no realizados hasta ahora, antes era complicado pagar un coche, un chófer y un traductor. Pero soñar fortalece e ilusiona, hay que llevarlo a la práctica, aunque tengas 50 años o más.


Mi obra está vinculada a los sueños, a lo que se desea, al conocimiento de la cultura de un país lejano. Mis intereses profesionales van ligados a la religiosidad, a la fe, a la espiritualidad y al cuerpo, y en cómo lo interpretan las diferentes culturas. En el mundo, he capturado momentos tan dispares como los sadhus u hombres santos del hinduismo, que optan por la penitencia más dura y el olvido del placer, o aquellos que viven de su cuerpo, como la Love Parade o el Burning Man, en Nevada.


Esa espiritualidad tiene una parte negativa como la violencia o la guerra. Nunca las entenderé. He estado en dos conflictos porque he querido, no soy fotógrafa de guerra. Una fue en Georgia con Médicos Sin Fronteras, una experiencia dura. Otra fue la invasión de Rusia a los kosovares.


P.- ¿Cuál fue tu primer viaje fuera de España?
R.-
Una exposición en México en 1984 gracias a Graciela Iturbide y Pedro Meyer. Pero he viajado por Italia, Portugal y Grecia para un trabajo sobre el Mediterráneo, he recorrido países de Centroeuropa, Caribe, Índico, África, Australia…


P.- La mejor foto para ti, ¿es la que está por llegar?
R.-
No, no lo sé, ojalá la haga ahora porque eso significa que estoy viva, que sigo teniendo la misma ilusión y similar capacidad. No sé cuál es mi mejor fotografía. A todas les tengo un gran cariño, me parecen un triunfo, un sueño, me parece mentira que las haya hecho yo. Cuando miro mis exposiciones, me sorprende la magnitud de mis trabajos y empiezo a recordar las trabas para capturar ese instante. O cuando me preguntaban en qué programa de la tele iba a salir, ahora ya me preguntan en qué red social. Y no tengo ni quiero redes sociales, quiero vivir tranquila y en paz.


P.- ¿La Cristina persona se transforma en la Cristina fotógrafa cuando coge una cámara y dispara?
R.-
No, no hay doble personalidad, sólo hay una Cristina. Pero más de una vez me han dicho que me transformo cuando voy con la cámara. En Lalibela, Etiopía, existen un conjunto de iglesias excavadas en la roca, Patrimonio de la Humanidad, donde es dificilísimo caminar por ellas; en cierta procesión yo corría, iban muy rápidos. También en el carnaval de Haití me decían que entraba en trance, no paraba de correr. En pleno proceso creativo derrocho más energía, corro lo que no puedo y trabajo las horas que sean necesarias, las cosas se escapan, los momentos desaparecen, y hay que estar en primera línea para sacar lo que está ocurriendo. Me transformo, sí, pero no soy otra persona. Un artista es él siempre, con sus sentimientos, su creatividad y su plan de vida.


P.- ¿Ha corrido algún peligro?
R.-
Sí, pero intento no pensar en ello. En Etiopía íbamos a visitar las tribus del Omo, y no nos dejaron entrar porque habían matado a dos turistas turcos y a su conductor, para robarle, pero no el pueblo sino algún francotirador o bandido. O en Kósovo que, pese al fin de la guerra, los serbios siguieron matando. En el Kumbhamela he estado este año y hubo una estampida en la que perecieron 36 peregrinos, aunque apuntan a que pudieron ser más porque había 600 millones. A veces maquillan los datos para no asustar. Yo me metí en un embudo donde tardamos tres horas en recorrer 60 metros. El peligro puede estar en cualquier parte, el fotógrafo debe de ser prudente, olvidarse de que la muerte acecha y pensar que nuestro deber es estar en ese lugar.


P.- ¿Qué próximos proyectos tienes?
R.-
El 16 de febrero me voy para Sudán del Sur a trabajar con los pastores, después a un festival en Nigeria y la siguiente parada será Benín con el vudú. Y todo ello lo hago porque voy a exponer en el Museo Nacional de Antropología de Madrid que conmemora su 150 aniversario. Su director quiere aprovechar la conmemoración para darle vida. A este respecto, quiero romper una lanza en favor de la actividad museística, se me cae la cara de vergüenza cuando me hablan de la ayuda recibida.

Texto: Oliva Carretero Ruiz Fotos: Cedidas por la entrevistada