Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

El 5 de noviembre de 1781 nacía en el seno de una familia humilde una niña que dos días más tarde sería bautizada con el nombre de María Josefa Rosa. Sus padres, Cristóbal Rafols y Margarita Bruna, eran dos labradores que, además de dedicarse a las típicas labores del campo, eran los encargados de un molino que se encontraba a las afueras de la localidad barcelonesa de Vilafranca del Penedés. Desde muy niña pudo conocer y experimentar en sus propias carnes las duras condiciones que padecían los trabajadores del campo y las personas necesitadas, pero, gracias a las profundas convicciones religiosas que sus padres le transmitieron, pudo afrontar estas vivencias desde la esperanza y el compromiso en ayudar a los más necesitados.

Cuando tenía nueve años murió su padre y poco tiempo después su madre contraería un nuevo matrimonio con un hombre que tenía una posición económica algo más holgada, circunstancia que posibilitó que María pudiese cursar estudios en un colegio de Barcelona. Supo compaginar sus inquietudes intelectuales con su preocupación por los demás, pues colaboró como voluntaria en el Hospital de la Santa Cruz, donde conoció al sacerdote Juan Bonal, que se convertiría en su mentor espiritual y que muy pronto reconocería la calidad humana de María, especialmente por su implicación durante la epidemia de peste que padeció Barcelona en 1803. Al año siguiente el padre Bonal encomendó a María la labor de ponerse al frente de doce hombres y once mujeres para hacerse cargo del Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, institución que había sido fundada en 1425, pero que a principios del siglo XIX se encontraba en un lamentable estado. Poco tiempo después de llegar a esta institución hospitalaria se creará en ella la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, siendo nombrada María como la primera superiora.

Desde el primer momento María tuvo que hacer frente a graves problemas, tanto por falta de medios como por la oposición y las dificultades que planteaban muchos trabajadores. Este ambiente hostil debilitó especialmente la moral de los doce hombres seleccionados por el padre Bonal, que no supieron hacer frente a las dificultades y en tres años todos habían abandonado el proyecto. En cambio, las mujeres, lideradas por María, no solo mantuvieron su compromiso, sino que llegaron a incrementar su número con nuevas vocaciones, lo cual contribuyó a mejorar las condiciones asistenciales del hospital, de lo cual se benefició un grupo cada vez más amplio de enfermos. María era una firme defensora de las capacidades de las mujeres que la acompañaban en la labor de atención sanitaria, por ello abogó por asumir responsabilidades mayores como la realización de sangrados, logrando que tanto ella como las otras hermanas que lo solicitaron pudieran ser autorizadas para la flebotomía tras presentarse y demostrar su destreza en esta práctica en un examen público.

Izq.: El padre Bonal encomendó a María la labor de ponerse al frente de doce hombres y once mujeres para hacerse cargo del Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza. Centro: Hospital Provincial de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza. Dcha: Mariscal Lannes, jefe de las tropas francesas de quien María logró alimentos, medicinas y salvoconductos para atravesar las líneas de batalla.

La auténtica prueba de fuego para el compromiso y la entrega de María llegarían como consecuencia de la invasión napoleónica y la Guerra de la Independencia, durante la cual Zaragoza fue sitiada dos veces de forma casi consecutiva por la tropas francesas, lo que provocó una enorme destrucción y miles de muertos y heridos, muchos de los cuales fueron atendidos por María y sus colaboradoras en el Hospital, hasta que este edificio fue bombardeado e incendiado por los franceses, lo que obligó a las Hermanas de la Caridad a buscar alojamiento para los heridos por toda la ciudad, para lo cual debieron exponerse a largas y extenuantes jornadas de trabajo, lo cual acabaría provocando que muchas de las monjas acabaran muriendo de hambre y agotamiento. Resultaba casi imposible encontrar en la Zaragoza sitiada alimentos y medicinas y ante esta situación desesperada María no dudó en cruzar la línea de batalla hasta llegar al campamento francés para hablar con el mariscal Lannes. Las dotes de persuasión de María tuvieron el efecto deseado, pues logró del jefe de las tropas francesas alimentos, medicinas y salvoconductos para poder atravesar las líneas enemigas pata atender a prisioneros enfermos y heridos.

La heroica acción de María permitió salvar la vida de miles de personas y ello hizo que se ganase el reconocimiento y admiración de los zaragozanos, pero la fama no le hizo desviarse de su vocación de servicio a los demás y decidió dejar su cargo de superiora para pasar a dirigir una inclusa donde se atendía a cientos de niños abandonados, logrando reducir significativamente la mortandad infantil. Su infatigable labor de entrega a los demás dejaba en evidencia el escaso compromiso que mostraban ciertas autoridades, lo cual acabó generando envidias y recelos que pueden ayudar a entender su sorprendente detención en 1834, acusada de participar en una conspiración carlista contra la reina. Tras dos meses de prisión y otros diez de libertad provisional se dictó sentencia en la que se la declaraba inocente, a pesar de lo cual fue desterrada durante seis años en Huesca. En 1841 regresa al Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza donde, de nuevo, asume la dirección, a pesar de padecer recurrentes problemas de salud, que le provocarían una parálisis que la postraría en la cama, desde donde seguiría repartiendo alegría, cariño y sabios consejos hasta su muerte en 1853. En 1908, con motivo del centenario del inicio de la Guerra de la Independencia, recibió la distinción de “Heroína de la Caridad en los Sitios de Zaragoza” y en 1994 fue beatificada por el Papa Juan Pablo II.