Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

Pedro Saragossa y Raimunda Doménech eran un joven matrimonio de la localidad leridana de Fulleda, que decidió emigrar a Barcelona buscando mejores oportunidades laborales. Pedro logró encontrar trabajo como obrero y ello le permitió mantener a su familia, aunque con enormes dificultades. En este humilde ambiente familiar vino al mundo el 4 de marzo de 1786 una niña que recibiría el nombre de Agustina Raimunda María cuando fue bautizada en la iglesia de Santa María del Mar.

Las duras condiciones económicas de la familia de Agustina no permitieron que pudiera recibir una esmerada educación, por lo que su formación quedaría reducida a la adquisición de ciertos conocimientos básicos y, sobre todo, de destrezas para desempeñar las labores domésticas. En abril de 1803 contraía matrimonio con un joven artillero llamado Juan Roca, lo que le permitió conocer la dinámica de la milicia y la complejidad de la vida militar, marcada por la incertidumbre y los frecuentes cambios de residencia, inestabilidad que se tornó aún más acusada al vivir en una época en la que el expansionismo napoleónico suponía una constante amenaza bélica.

En 1808 se produce la invasión de España por el ejército napoleónico, iniciándose así la Guerra de la Independencia, en la que el pueblo español ofrecerá destacadas muestras de heroísmo para intentar detener el avance del invasor francés por todo el territorio español, dando lugar a gloriosas acciones de resistencia en puntos como Madrid, Gerona o Zaragoza, donde nuestra protagonista jugará un papel trascendental. A comienzos de 1808 Agustina y su esposo se encuentran en Barcelona, pero al tener que incorporarse Juan a un destacamento que debía luchar contra los franceses, Agustina decide marchar a Zaragoza, ciudad a la que llegará unos días antes del 15 de junio, cuando el ejército francés, liderado por el general Lefebvre, inicio el primer sitio de Zaragoza. El general Palafox, al contar con una fuerza militar muy reducida para organizar la defensa de la ciudad, no tuvo más remedio que contar también con la participación de niños y mujeres, entre las que se encontraba Agustina, que se encargó del aprovisionamiento de víveres y de armamento de los soldados que estaban defendiendo uno de los puntos estratégicos de Zaragoza: el Portillo de San Agustín.

El 2 de julio de 1808 los franceses inician un intenso bombardeo contra Zaragoza con el fin de facilitar la toma definitiva de la ciudad y uno de los puntos elegidos para la entrada de las tropas napoleónicas será el Portillo de San Antonio donde, al caer herido el último soldado encargado de disparar las baterías de cañones dispuestas en ese lugar, Agustina no dudará en coger una mecha para disparar un cañón sobre la columna francesa que estaba a punto de tomar ese punto estratégico de la defensa zaragozana, provocando una gran mortandad entre los franceses, circunstancia que permitió ganar tiempo hasta que llegaron refuerzos para seguir defendiendo el Portillo.

Izq.: Escultura de Agustina de Aragón en la Plaza del Portillo, Zaragoza. Centro: Retrato de José de Palafox, defensor de Zaragoza. Obra de Francisco de Goya. Dcha.: Estampa de Juan Gálvez y Fernando Brambilla, publicada en Cádiz por la Real Academia de Bellas Artes en 1812–1813.

La heroica acción de Agustina, que evitó la caída de Zaragoza en manos francesas, fue rápidamente conocida por la población zaragozana y este hecho contribuyó a incrementar su espíritu de lucha hasta lograr que el 15 de agosto las tropas francesas levantasen el asedio. Esta gesta también llegó a oídos del general Palafox, quien no dudó en utilizarla como elemento de propaganda para promover la resistencia del pueblo español. Palafox condecoró a Agustina con el título de artillera y le concedió un sueldo de seis reales diarios, pero por su interés propagandístico también decidió convertirla en un símbolo nacional “recreando” la hazaña de Agustina, introduciendo algunos aspectos que a día de hoy siguen dificultando discernir el mito y la realidad en torno a nuestra protagonista.

A mediados de diciembre se inició el segundo sitio de Zaragoza, en el que también tuvo una participación destacada Agustina, a pesar de caer enferma. Cuando la ciudad fue tomada por las tropas napoleónicas el 21 de febrero de 1809 Agustina fue capturada, pero durante su traslado a Francia logró escapar en la localidad navarra de Puente de la Reina, dirigiéndose hacia Sevilla, donde la Junta Central intentaba organizar la resistencia española. Allí recibió muchos reconocimientos, pero pronto decidió incorporarse de nuevo a la lucha contra los franceses, participando activamente en la defensa de Tortosa y en la batalla de Vitoria.

Al acabar la guerra, personajes tan destacados como el general Castaños y el duque de Wellington quisieron conocer a Agustina, que también sería recibida por Fernando VII e inmortalizada por Goya en uno de sus grabados sobre los Desastres de la Guerra. Terminado el conflicto, Agustina regresó a Barcelona, trasladándose poco después a Valencia donde volvió a contactar con su marido, con quien viviría en Barcelona hasta el fallecimiento de Juan Roca en 1823. Poco después contrajo matrimonio con Juan Cobos, un joven médico con quien tuvo una hija, que recibió el nombre de Carlota. En 1828 fijaron su residencia en Sevilla, ciudad en la que permaneció hasta 1853, cuando decidió marcharse a vivir con su hija a Ceuta, donde moriría en 1857. En 1870 sus restos fueron trasladados a Zaragoza, la ciudad donde se había forjado el mito de esta mujer, que se ha convertido en el referente de la entrega de otras muchas mujeres como Manuela Malasaña en Madrid o Juana Galán “la Galana” en Valdepeñas, cuya contribución a la defensa de España durante la Guerra de la Independencia también debe ser reconocida y resaltada.