
Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte
Mujeres nacidas en las tierras españolas de ultramar también protagonizaron hechos destacados y realizaron notables aportaciones que contribuyeron a enriquecer nuestro devenir histórico. En este sentido, resulta obligado recordar a Inés Asbaje y Ramírez de Santillana, más conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en 1648 en el virreinato de Nueva España, más concretamente en la localidad de San Miguel de Nepantla (México), fruto de una relación extramatrimonial entre el capitán Pedro Manuel Asbaje e Isabel Ramírez. Sus primeros años de vida los pasó en la hacienda de su familia materna y desde muy pequeña demostró poseer una enorme curiosidad y unas excepcionales dotes intelectuales, que puso de manifiesto al aprender a leer y a escribir cuando solo contaba con tres años de edad.
En su formación, en gran medida autodidacta, influyó la amplia biblioteca que poseía su abuelo materno, donde pudo conocer la obra de autores clásicos grecolatinos, ensayos científicos y escritos religiosos, pero pronto fue consciente de que su inquietud intelectual necesitaba acceder a fuentes de conocimiento más amplias, por lo que pidió a su madre que la enviase a México para poder desarrollar una formación más profunda. Tras una negativa que duró varios años, su madre finalmente cedió y envió a Inés a la capital mexicana, donde vivió con sus tíos María y Juan. Allí recibió una buena educación y fomentó unas relaciones sociales que le facilitaron acceder a la corte virreinal, donde en 1664 llegaría a ser dama de Leonor de Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo, quien, sorprendido por el ingenio de Inés, organizó un examen en el que nuestra protagonista pudo demostrar su talento y su ingenio ante cuarenta profesores universitarios, entre los que había filósofos, teólogos, juristas, científicos y gramáticos.

Portada de una de sus numerosas obras literarias impresa en 1725 y estatua dedicada a Sor Juana Inés por el pueblo de Madrid
Leonor de Carreto se convirtió en la mecenas y protectora de Inés, promoviendo la publicación de sus obras y facilitándole el acceso a reuniones en las que pudo ampliar sus conocimientos en disciplinas tan variadas como la aritmética, las artes, la física o la geometría. La creciente fama de esta joven prodigiosa hizo que recibiese múltiples solicitudes de matrimonio, que rechazó al considerar que no podría desarrollar sus inquietudes intelectuales si contraía matrimonio. Era consciente de que en un mundo donde las mujeres no podían acceder a la universidad la única forma de proseguir con sus estudios era vinculándose a la Iglesia, por ello, a pesar de no poseer una gran vocación religiosa, decidió en 1667 ingresar en un convento, concretamente en el Monasterio de San José, comunidad de carmelitas descalzas que tuvo que abandonar a los pocos meses por problemas de salud. Dos años más tarde retomó su vida religiosa, pero esta vez optó por una congregación menos rigurosa que las carmelitas descalzas, concretamente las monjas jerónimas del Convento de Santa Paula, entorno monacal más propicio para seguir cultivando su intelecto.
En este convento, donde adoptó el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz, disponía de espacios propios y tenía una asignación periódica de la corte virreinal a cambio de realizar composiciones literarias y de impartir clases a las niñas que asistían a la escuela del convento. Su celda conventual no era un lugar pequeño y humilde, de hecho, en ella mantenía reuniones y tertulias con escritores y artistas y también recibía visitas de personajes destacados de la corte, especialmente de la virreina Leonor con la que mantuvo una estrecha relación. En 1680 asumieron el virreinato de Nueva España Tomás de la Cerda y su esposa María Luisa de Manrique de Lara, quienes muy pronto apreciaron las extraordinarias dotes intelectuales de Sor Juana Inés. Los nuevos virreyes promovieron su labor creativa, logrando que en los seis años que duró su gobierno Juana Inés alcanzara su época más prolífica al escribir numerosas obras entre las que se encontraban poemas, comedias y autos sacramentales.

Izq.: Fachada de la iglesia de San Jerónimo, situada en la ciudad de México. En este conjunto conventual sor Juana vivió la mayor parte de su vida. Dcha.: Protesta de la fe y renovación de los votos religiosos que hizo, y dejó escrita con su sangre la madre Juana Inés de la Cruz.
A pesar del apoyo que recibió de distintos virreyes, Sor Juana Inés también encontró dificultades para desarrollar su creatividad, pues en muchas de sus obras introducía conceptos e ideas que generaban controversia al ser una escritora comprometida, especialmente en su intensa defensa de la libertad, de los derechos y de la igualdad de oportunidades para las mujeres, sobre todo para el estudio, al considerar que la inteligencia no tiene sexo. Su confesor y otros destacados miembros del clero mexicano le aconsejaron centrar sus escritos en cuestiones espirituales y abandonar los temas mundanos, pero Juana Inés no estaba dispuesta a abandonar sus reivindicaciones en favor de la igualdad entre hombres y mujeres y buena prueba de ello fue su obra “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, un profundo ensayo que escribió en 1691 y en el que con un extraordinario uso de la retórica y de la ironía realiza una apasionada defensa del derecho de las mujeres a la educación y denuncia el injusto trato que se les da. La polémica que generó esta obra (que no se publicaría hasta cinco años después de su muerte) hizo que fuera duramente reprendida y se le requisaran numerosos instrumentos científicos y musicales y los 4000 libros que constituían su biblioteca personal. A partir de ese momento abandonó su actividad creativa y, aparentemente, se sumió en la penitencia hasta que en 1695 una epidemia de cólera provocaría la muerte de esta gran defensora de los derechos de las mujeres.

